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La Historia No Perdona

octubre 28, 2008

Por: Carlos R. Alvarado Grimán

Los Estados totalitarios son terrenos fértiles para el florecimiento de las miserias humanas. Los aduladores pululan por doquier y suelen rendir sus “plumas” al servicio del poder, cohonestando la barbarie de sus amos. La historia esta repleta de personajes que vendieron sus dignidades a cambio de prebendas, favores económicos y ventajas para si mismos, sus familias y círculos de amistades.

En Venezuela ya existe una red de informantes en todos los niveles de la sociedad. Pero también existen articulistas, comunicadores e intelectuales, que se dedican de manera sistemática a la satanización de los actos y posturas de los elementos de la oposición, para criminalizarlos y así justificar las acciones arbitrarias del Estado fascista.

Recientemente una jauría de estos personajes oscuros arremetió contra el periodista Rafael Poleo, quien con base a un análisis metodológicamente racional hizo un paralelismo en la vida política de dos fascistas: el “Duce” Mussolini y el “caudillo” venezolano, extrapolando el final de este último con base a las similitudes en sus accionares políticos.

El paralelismo realizado por este periodista fue muy válido. Ambas vidas han seguido un curso político coincidente como: La ruptura con la izquierda socialista, para pactar con el capital financiero y reaccionario; imposición de una serie de símbolos, para fusionar gobierno y Estado en un todo; militarización de la sociedad y la conformación de grupos de choques debidamente uniformados; instauración de una ideología difusa y contradictoria, mezcla de mitología nacional, sincretismos religiosos, filosóficos y políticos sin ningún tipo de coherencia; exacerbación del nacionalismo para volcarlo contra supuestos enemigos externos; envenenamiento de las mentes de niños y adolescentes con sus arengas, incitaciones al odio y la violencia; pulverización de los sindicatos y de las organizaciones políticas y sociales..

Apoyando la tesis del periodista mancillado, y parafraseando a Albert Einstein diríamos que: “Si buscas un final distinto, no hagas lo mismo que los sátrapas del pasado”: La historia no perdona.

Desastre sin Retorno

octubre 10, 2008

Por: Carlos R. Alvarado Grimán

Encontrarse en la primera fila de un evento electoral, brinda la oportunidad única, para vivenciar vicios de la vieja política, vigentes y repotenciados en la llamada Quinta República. El clientelismo es uno de esos vicios detestables de la política, cuyo origen se remonta a los tiempos del imperio romano, el cual contribuyó a su decadencia. El DRAE lo define como un “sistema de protección y amparo con que los poderosos, patrocinan a quienes se acogen a ellos a cambio de su sumisión y de sus servicios”. Las fuentes de financiamiento del clientelismo, se derivan de la corrupción administrativa del Estado.

 

En las relaciones clientelares juegan papel importante los llamados “operadores políticos”. Estos personajes son los encargados de mantener los vínculos entre los poderosos y los cacicazgos de las barriadas populares. Sus tareas consisten en: organizar y reclutar miembros de las comunidades para movilizarlos en los actos de masas, adiestrarlos para que voten por una determinada parcialidad política y finalmente conducirlos a los eventos electorales, usando como atractivo: dinero, bolsas de comida y otorgamiento de favores personales. El clientelismo es para los habitantes de los barrios pobres una forma de vida, que les permite subsistir el día a día, esclavizándose por un dinero que en justicia siempre les ha correspondido. En la llamada “revolución bolivariana” el clientelismo se ha extendido hasta límites impensables. Los extraordinarios recursos derivados de la renta petrolera y el llamado Para-Estado, ha permitido la formación de una inmensa red clientelar jamás vista, que ha servido para el mantenimiento de las cúpulas bolivarianas en el poder.

 

El mejoramiento sustentado en la calidad de vida en los sectores populares atenta contra el clientelismo, pues le arrebata sus herramientas básicas de trabajo, pues éste se alimenta del estado de necesidad y de la precariedad en las condiciones de vida de los más pobres. Los políticos, por lo general muy afectos a los clichés, repiten hasta el cansancio que “el pueblo ha aprendido, que conoce y reclama sus derechos”.

 

No obstante, la realidad en las barriadas es distinta. El pueblo continúa siendo objeto de manipulaciones y se les sigue negando sus derechos a una vida mejor. En esa constante lucha por la subsistencia, las masas y los operadores políticos en cada evento electoral, han venido arrastrando a la sociedad venezolana hacia el abismo en el cual se encuentra, quizá hacia el desastre total y sin retorno.